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lunes, 28 de mayo de 2012

La vida después de un ACV


Se estima que en Argentina 130.000 personas por año sufren un ACV (Accidente Cerebro Vascular), de ellos el 30% fallece antes de los 30 días de sucedido el stroke y la gran mayoría deberá lidiar con secuelas discapacitantes. Siendo la primera causa de discapacidad en adultos, el ACV no afecta solamente a la persona que lo sufre sino a todo su entorno familiar y afectivo, de allí la importancia de conocer a fondo los factores de riesgo, las nuevas estrategias de prevención y los enfoques actuales de tratamiento, como los últimos avances en las teorías de la plasticidad neural. De igual manera, conocer las experiencias de vida de los sobrevivientes, reunidos en torno a grupos de intercambio y redes sociales puede ayudar a sentirse menos abrumado ante una realidad que no cierra sus puertas a la esperanza de una buena calidad de vida.
Estrés, depresión, falta de cuidado en las comidas, vida sedentaria, tabaquismo, consumo excesivo de alcohol, las emisiones de dióxido de nitrógeno por la polución urbana… son características casi inherentes al ritmo de vida que imponen las grandes ciudades, y el principio desencadenante de la gran mayoría de las dolencias graves que afectan a la población mundial y acarrean los mayores índices de muerte y discapacidad, entre ellas el ACV o stroke. 

Se calcula que en nuestro país las víctimas anuales del ACV ascienden a 130.000 (una persona cada cuatro minutos), en España a 100.000 y en los Estados Unidos la cifra alcanza las 795.000 víctimas anuales.
El ACV comprende la tercera causa de muerte y la primera de discapacidad en adultos, entre el 15 y el 30% de aquellos que logran sobrevivir podrán adquirir una discapacidad permanente, ello dependerá de la atención especializada que reciban en las primeras 4 horas luego de comenzar a experimentar los síntomas típicos.

Se sabe que el stroke tiene una incidencia mayor en hombres que en mujeres y si bien la edad más riesgosa es partir de los 60 años se calcula que entre el 20% y 30% de los casos se registran en menores de 45 años e incluso en niños.
Un ACV puede convertirse en una verdadera catástrofe para la persona afectada y para su entorno íntimo, no sólo por las secuelas discapacitantes y por cómo se verá afectada su calidad de vida y su independencia, sino también por los elevados costos económicos que puede implicar el tratamiento y la rehabilitación (sin contar los enormes costos sociales: pérdida laboral, pensiones por invalidez, etc.). De todos modos, los avances tecnológicos y las nuevas terapias de abordaje abren una luz de esperanza tanto en el campo de la prevención como del tratamiento.
Principalmente, en países desarrollados el mayor conocimiento público de las causas del ACV logró reducir considerablemente la tasa de muerte y los científicos predicen que si se continúa aunando esfuerzos en pos de la reducción de riesgos, se utilizan adecuadamente las terapias de rehabilitación y se sigue investigando por nuevos abordajes, en poco tiempo los ataques cerebrales podrán prevenirse en hasta un 80%. El punto clave radica en poder transformar los hábitos de vida y en generar una mayor concientización al respecto.

En este punto clave, el papel desarrollado por aquellas personas que han logrado sobreponerse al drama y compartir sus testimonios puede ser una pieza clave para crear mayor conciencia social y poder apreciar cómo pequeños cambios en los hábitos cotidianos pueden marcar una gran diferencia.

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